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Los pinabetos o abetos Picea son coníferas de forma cónico-piramidal de extrema belleza. De lento crecimiento, la espera bien vale la pena para admirar luego sus atributos. De follaje verde o glauco, pueden ser utilizados como arbolitos de Navidad, al igual que se hace en muchas partes del mundo.

 

Nombre científico: Picea pungens Engelm, Picea glauca (Moench) Voss

Familia: Pinaceae

Origen: Norte de EE.UU., montañas Rocallosas, Canadá

Aspecto y porte: Árbol de follaje persistente que en nuestro medio no supera los 10 m de altura.
Hojas: Follaje persistente. Acículas de sección cuadrangular, de 1,5-3 cm de longitud, punzantes, dispuestas en cepillo y de color verde  o azul. Aromáticas cuando se frotan.
Frutos: conos colgantes de unos 10 cm de longitud, rara vez los da en nuestro medio.

Exposición: Pleno sol. En los primeros años se les debe proporcionar algo de sombra en verano.

Temperatura: Se adapta a un amplio rango de temperaturas, soportando fríos intensos.

Suelo: Se adapta bien a terrenos pobres pero bien drenados, livianos.

Riego: Mantener razonablemente húmeda la tierra alrededor de las raíces, evitando encharcamientos.

Plantación: Mejor a fines del invierno, estableciendo plantas provenientes de almácigos sembrados unos años antes.

Multiplicación: Se propaga por semillas, sembradas en otoño o    a principios de primavera.

Poda: No se realiza poda.

Es uno de los arbustos de más espectacular floración. En el mes de agosto, cuando aún no ha brotado el follaje, sus grandes flores en tonos de rosa, fucsia o púrpura son sumamente llamativas. Se cultiva por lo general como ejemplar aislado en un lugar de destaque en el jardín.

Nombre científico: Prunus cerasifera var. Pissardii (Carrière) Koehne
Familia: Rosaceae

Origen: Oeste de Asia, Cáucaso

Aspecto y porte: Arbolito de follaje caducifolio que alcanza no más de 6 m de altura en nuestro medio.

Hojas: Alternas, enteras o finamente aserradas, de color rojo intenso o púrpura.

Flores: Solitarias, de color blanco hasta rosado, simples, semidobles o dobles, de 2 a 3 cm de diámetro.

Frutos: Drupa pequeña de color rojo oscuro, comestible.

Exposición: Pleno sol.

Temperatura: Se adapta muy bien a temperaturas frescas.

Suelo: Fértil, húmedo pero bien drenado, liviano.

Plantación: Mejor a fines del invierno, estableciendo plantas provenientes de acodos realizados el año anterior.

Multiplicación: Se propaga por acodos aéreos, esquejes y aun semillas, siendo la primera técnica la más utilizada.

Poda: Se puede podar luego de la floración.

Herbáceas perennes llenan de color y realzan el atractivo de los canteros.
Fotos de este artículo: Hernán Urrestarazú

Las plantas herbáceas poseen tallos flexibles. Las herbáceas perennes viven tres años o más, repitiendo ciclos de crecimiento, floración y fructificación durante varios períodos. Se diferencian de las plantas herbáceas anuales en que, luego de reproducirse, estas últimas finalizan su ciclo, mientras que las perennes inician en algún momento una nueva estación de crecimiento, lo que repiten año tras año.
Según su comportamiento invernal, las herbáceas perennes se clasifican en dos categorías: las siempreverdes, que conservan su follaje prácticamente durante todo el año; y las vivaces, cuya parte aérea desaparece casi totalmente durante los meses más fríos, rebrotando en la siguiente primavera.

Echinacea

 

 

Aquilegia

Oenotera, herbácea perenne vivaz

Delfinium

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Flores a pleno, desafío para viveristas y jardineros

Algunas herbáceas perennes llegan a florecer en el primer año de su instalación, otras lo hacen durante el segundo. Esta característica es uno de los aspectos que ha dificultado una mayor difusión de estas plantas: los viveristas, por razones de espacio, no pueden mantener una planta durante dos años esperando que alcance su atractivo como floral, pero los compradores generalmente quieren adquirir plantas en plena floración (sin tener en cuenta que esto no es lo aconsejable, ni siquiera en el caso de las plantas anuales). La demora en florecer se puede acortar, en cierta medida, seleccionando la época en que comienza la multiplicación: una siembra temprana permitirá que algunas de estas herbáceas florezcan el primer año, como ocurre con Aquilegia y Delphinium perennes.

 

Iris

Narciso

Muchas de las plantas denominadas “bulbosas”, como lirios (Iris, izquierda) y narcisos (Narcissus, derecha), son en realidad herbáceas perennes con órganos de reserva subterráneos.

Geranios

Senecio

El tamaño de los envases para criar estas plantas no es pequeño: deben tener como mínimo un litro de capacidad, y a menudo dos o más, lo que aumenta mucho los costos de producción. Dos buenos ejemplos son senecio gris (Cineraria maritima, derecha) y geranio (Pelargonium, izquierda).

 

En nuestras latitudes hay un problema de manejo adicional que no ocurre en los países en donde nieva o hay heladas severas. En estos últimos, durante los meses de invierno las tareas del jardín se suspenden. Aquí no, nuestro clima permite seguir adelante. Entonces, ¿cómo convivir con estas plantas durante el invierno, cuando su atractivo es menor? Una solución es intercalar prímulas o pensamientos durante los meses más fríos, y luego tener el valor de arrancarlas a tiempo, aunque aún luzcan vistosas.
Otro problema se presenta cuando tenemos herbáceas perennes vivaces, que pierden la mayor parte de su follaje durante el invierno y podemos estropearlas o arrancarlas sin darnos cuenta al trabajar el cantero. Para evitarlo conviene marcar cuidadosamente su ubicación. La misma precaución conviene tomar con las bulbosas porque, si los bulbos son dejados en el cantero sin ninguna marca de su ubicación, no podemos prever dónde aparecerán exactamente los nuevos brotes.

¿Por qué insistir, a pesar de estos inconvenientes, en el uso de estas plantas?

Porque vienen a subsanar una carencia de nuestros jardines: la de plantas que, por su tamaño, se ubiquen entre la cortina de árboles y arbustos de fondo y el borde del cantero. Es decir, hacen falta plantas vistosas y de altura adecuada para llenar ese espacio, y esto lo logramos con las herbáceas perennes, cuya variedad nos ofrece muchas alternativas de plantas entre 60 cm y 1,5 m de altura.
Son indispensables para formar los canteros florales que podemos admirar en jardines del hemisferio norte, donde su uso es común. En nuestro país tenemos una oferta aceptable de variedades de florales de estación, pero la oferta de herbáceas perennes tiene todavía muchas carencias, no tanto en variedad, sino en disponibilidad de las mismas.

¿Qué otras ventajas nos otorgan, además de llenar el “escalón” que existe entre arbustos y pequeñas plantas de borde?

Unas florecen en forma prolongada. En veranos frescos y algo lluviosos, algunas variedades no dejan de florecer desde la primavera hasta fines del verano, como Perovskia y Gaillardia.
Otras pueden dar dos floraciones durante la temporada, como es el caso de Achillea y Centranthus, que florecen en primavera, tienen un reposo en verano, y luego, a fines de esta estación y en otoño, vuelven a florecer.
También pueden ser muy vistosas por sus hojas, como es el caso de especies y cultivares de Alternanthera y algunos Pelargonium.
Permiten escalonar la floración: un cantero con unas diez variedades de perennes siempre tendrá alguna flor a lo largo de la estación.
Se adaptan a las más variadas situaciones. Hay perennes que prosperan bien a pleno sol, otras a media sombra, como Campanula y Verbascum.
Ciertas especies prefieren lugares húmedos como orillas de estanques, como Iris pseudacorus e Iris kaempferi.

Algunas herbáceas se adaptan al cultivo en rocallas secas y terrenos arenosos, como Lampranthus y Gazania.
Son, en su mayoría, muy apreciables flores de corte, de manera que la casa puede ser abastecida por su jardín. Tal vez el ejemplo más conocido sea el Agapanthus, cuyas flores adornan las mesas a fin de año.
Ocupan importantes espacios en el cantero, ya que la mayoría se extienden lateralmente y pueden ser utilizadas como plantas cubresuelos. En ese sentido, por el espacio que ocupan y además por su persistencia, son más económicas que las plantas anuales. Vinca major y Lamium son buenos ejemplos.
Permiten realizar diseños de jardines a mediano y largo plazo, al no tener que efectuar su reposición periódica, como ocurre con las anuales. También es habitual su uso en macetas y jardineras.
Y, a la hora de recuperar el perfume que se ha perdido en los jardines modernos, también nos brindan buenas opciones, como Hedychium gardnerianum.
Las herbáceas perennes se cultivan en forma exitosa cuando se conoce bien su comportamiento y su mantenimiento.Con más de 150 especies en nuestro medio, y un clima que permitiría la introducción de muchas más, las herbáceas perennes son un campo fértil para seguir trabajando en aras de mejorar nuestra horticultura ornamental.

 

Perovskia

Alternantera

 

 

Gaillardia

Achillea

Centrantus

Verbascum

Rayito de sol

Gazania

Vinca

Lamio blanco

Agapanto

Campanula

Hedichium

Geranio

Geranio

 

 

 

 

Durante los meses de marzo y abril florece la marcela en nuestros campos

 

Marzo es la transición del verano al otoño. Un mes magnífico para estar en el campo. Los días se vuelven más agradables e invitan a emprender largas caminatas y gratificar nuestros sentidos inmersos en la naturaleza
Es el momento en que el campo se cubre con el color pálido y el aroma de un hermoso y sencillo arbusto: la marcela. Esta es una planta nativa de América del Sur. En Uruguay crece en tierras arenosas y pedregosas, y es fácilmente distinguible por su floración a fines del verano. Tiene forma de pequeño arbusto perenne que puede llegar a una altura de poco más de medio metro. Sus tallos y hojas son de color grisáceo, y sus flores se presentan en racimos con tonalidades de amarillo y blanco. Son estos pequeños racimos los que se recogen. Pueden cortarse con los dedos o una tijera pequeña. Es necesario desterrar la mala práctica de arrancar la planta de raíz.
Mucho se ha estudiado, escrito y comentado sobre las múltiples cualidades de la marcela, sus propiedades medicinales, su empleo en la elaboración de productos cosméticos para el cuidado facial y corporal, su aplicación en el teñido de fibras. Y bien conocidos son sus usos tradicionales como té digestivo o incorporada al agua del mate, y para el lavado de heridas o zonas inflamadas del cuerpo.
Es un importante objeto de estudio en los laboratorios del Instituto Clemente Estable y de la Facultad de Química de nuestra Universidad de la República, entre otros, y la información al respecto es abundante y accesible.
Pero mucho antes de convertirse en protagonista del terreno de la investigación científica, esta planta nativa supo ser apreciada por sus múltiples virtudes en todos los hogares. Desde los inicios de nuestra joven nación, ya era un símbolo en las celebraciones criollas del Viernes Santo. Ese día se salía al campo a caminar, se recogía la flor y se regresaba con los tradicionales “ramos de marcela” para preparar la primera infusión simbólica y secar el resto de las flores para consumirlas a lo largo del año.
Cualquiera que sea nuestra actividad prevista para esta próxima Semana Santa o Semana de Turismo, ¿por qué no dedicar el viernes para disfrutar de un día de campo en familia, o con amigos para renovar tradiciones? La recolección de esta flor no solo nos regala el disfrute de una caminata al aire libre, sino también la promesa de saborear un té muy especial y, por qué no, beneficiarnos con alguna de sus múltiples propiedades.
Matilde Prieto

Flores de marcela

La marcela forma matas bajas, aún sin flor se la puede reconocer por el follaje, fragante y de color grisáceo.

Infusión de marcela. Foto: Matilde Prieto

Marcela en el jardín

En Uruguay encontramos fácilmente dos marcelas: la marcela blanca (Achyrocline satureioides) y la marcela amarilla (Achyrocline flaccida). No tienen grandes diferencias y resulta difícil saber cuál es cuál salvo por el lugar donde las encontramos. La marcela amarilla se ve al costado de caminos, en los bordes de montes o entre chircas; no se la ve en campos que han sido cultivados o donde pastorea ganado. La blanca es común verla en los suelos pedregosos de serranías o en los arenosos de la costa del Río de la Plata.
Ambas tienen un interesante valor ornamental, por su follaje verde grisáceo, casi plateado, la mata bastante compacta que forma, y luce muy bien a pleno sol. Cuando florece, en las horas del día llena el aire de su característico y agradable perfume.
Si queremos marcela en el jardín, tendremos que ubicar las plantas a pleno sol, en cualquier tipo de suelo pero con excelente drenaje, como lo tienen ambas variedades en su hábitat natural. El exceso de agua provoca que la planta se ponga negra y favorece la aparición de hongos.
Podemos conseguir nuestras plantas haciendo germinar semillas, que deberemos juntar nosotros mismos —no se consiguen en el mercado— y sembrar en otoño. Pero también podemos transplantar plantines silvestres recogidos entre fines de setiembre y mediados de noviembre. Las plantitas no deberán ser muy grandes: ejemplares de unos 15 cm de altura y con no más de tres ramificaciones son los mejores para tener mayor posibilidad de éxito en el transplante. Una vez elegidas, sacamos las plantas con cuidado, rompemos el terrón pero dejando un poco de tierra alrededor de las raíces, las envolvemos en papel húmedo y tratamos de plantarlas inmediatamente.
Al principio necesitarán un poco de riego, pero cuando ya estén arraigadas, a la marcela blanca le bastará con el agua de la lluvia; si las lluvias son demasiado espaciadas, la marcela amarilla agradecerá un poco de riego. Aunque no es imprescindible, si agregamos algún abono con nitrógeno (urea, triple 15) las matas serán mas compactas.
En febrero y marzo ya tendremos nuestras florcitas de marcela. Ese invierno las plantas dejarán de crecer y puede parecer que desaparecen, pero volverán a crecer la próxima primavera. Su comportamiento es bianual: luego de florecer el segundo año, morirán, y para tener más plantitas tendremos que dejar que semillen naturalmente o ir a buscar nuevas silvestres.

 

 

La gran superficie de césped, que se usa como campo deportivo, se prolonga en el verde de los terrenos linderos

 

Hace casi 10 años, en una zona de Montevideo donde todavía existen grandes espacios verdes, se instaló este centro de enseñanza. Su predio, de casi tres hectáreas, está ocupado solo en una pequeña parte por construcciones. Sobre la gran superficie de césped el conjunto edilicio parece la letra E; la nave principal está ubicada en forma perpendicular a la calle, las otras tres naves más pequeñas están separadas por espacios confinados que estaban mínimamente enjardinados. Los edificios funcionales y austeros son de ladrillo visto con grandes ventanales.

 

 

El predio mantenía los arbustos y árboles que se plantaron el año de la inauguración: varias especies de arbustos ya de buen tamaño en los límites del terreno y algunos árboles entre los que se destacan álamos piramidales plantados en línea. El pedido del centro de enseñanza fue claro, querían flores para disfrutar todo el año y que se vieran desde el interior del edificio.
Se trabajó sobre los canteros que dan al frente y en la zona entre las dos naves de aulas. Ambos espacios tienen orientación noreste, en el frente da el sol casi todo el día y entre las naves, por la proximidad de los edificios, hay áreas con más sombra.

Los lugares encajonados pueden dar sensación de vértigo. Para cortar el espacio se plantaron en la diagonal tres ligustros variegados que aún son pequeños pero cuando adultos se convertirán en arbolitos de unos 3 a 5 m de altura.

Entre las dos naves la forma, textura y color de los edificios dominan el espacio, lo que jugó en la elección de la paleta. Se buscaron arbustos y herbáceas con follaje en tonos rojizos (eugenia, formio, achira) y con flores naranjas (hemerocalis). También follajes variegados y grises que aportaran luminosidad (Miscanthus variegado y zebrina, formio, santolina) y se reforzó con flores en tonos blanco y amarillo (gaura, lantana, aliso),
Las plantas en estos canteros se ubicaron de tal forma que simulan ondas de distintos colores. En esta zona se tuvo especialmente en cuenta que las plantas se verían más de adentro del edificio que desde afuera.
Se colocó un cordón de adoquines de cemento para delimitar los canteros y controlar que no los invada la gramilla.

 

 

 

 


 

Al frente, a pleno sol, se optó por canteros a lo largo de los muros, usando los colores violeta, azul, amarillo y blanco. Se plantaron arbustos y herbáceas formando líneas de diferentes colores y alturas (las especies más altas detrás, las más bajas adelante).
En uno de los canteros se plantaron romeros, que en un futuro se podarán de modo que formen una línea horizontal compacta.

 

Romeros, bulbines, zinnias y lantana amarilla

Tulbalgias violeta, durantas aureas y verbanas blancas

 

 

 

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